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Discusión originalmente presentada como conversatorio grupal junto a Alejandro Lorenzo y Regina Mondragón.
Ensayo por Vico Gutiérrez

Se nos ha enseñado que el cuerpo es un destino final dictado por cromosomas, pero la naturaleza misma se encarga de desmentirnos. Tradicionalmente, el "sexo biológico" se reduce a la combinación binaria XX o XY; sin embargo, la biología es mucho más desordenada y fascinante de lo que los manuales sugieren. Desde la intersexualidad humana hasta el ginandromorfismo y el hermafroditismo secuencial en el reino animal, la fluidez es la norma y no la excepción. Si la biología es, entonces, un espectro de posibilidades, el género no es más que su interpretación cultural, una arquitectura social construida sobre una base que ya es, de origen, diversa.

Como señala Judith Butler, el género no es una verdad interna, sino una actuación que se repite hasta que parece natural. En esta distinción separamos la identidad, esa percepción interna de quiénes somos, de la expresión, que es cómo proyectamos ese "yo" a través de la estética. Al visibilizar esta performance, no solo habitamos nuestra identidad, sino que asumimos una postura política frente a un mundo que intenta encasillar la experiencia humana.

No somos queer solo por quiénes somos, sino por cómo resistimos.

En este escenario, la moda pasa de ser una industria de consumo a una herramienta de resistencia. Tal como explica Andrea Saltzman, diseñar indumentaria es, en esencia, rediseñar el cuerpo. Atravesamos un momento estético "escultural", donde las prendas ya no solo acompañan el movimiento, sino que lo desafían, lo protegen y lo expanden mediante el uso de materiales no convencionales para la confección. La ropa funciona como el uniforme de las revoluciones, desde las manifestaciones de Marsha P. Johnson en Stonewall hasta la valentía de Nancy Cárdenas en México, la indumentaria disidente no es un disfraz, es un manifiesto.

La disidencia es el desacuerdo con un sistema que castiga la osadía de indagar en uno mismo. Para José Esteban Muñoz, lo queer es una idealidad que nos permite ver más allá del atolladero del presente; un horizonte donde la indumentaria puede ser un viaje seguro, o un campo de batalla, hacia la aceptación propia. Actualmente, la tecnología acelera esta ruptura. La virtualidad está permitiendo que el cuerpo físico deje de ser la única frontera de la identidad, dándonos la posibilidad de habitar avatares y entornos digitales donde la carne ya no dicta las reglas.

Desde la creación de Gorillaz hasta las propuestas de Balenciaga y Vivienne Westwood en realidades virtuales, la moda digital nos demuestra que el género es, finalmente, personalizable. Estamos aprendiendo a habitar cuerpos que no están limitados por el binarismo asignado, encontrando en el bit y el píxel la misma libertad que buscamos en la tela.

Nadie es libre hasta que todos seamos libres. Las disidencias no son una moda contemporánea; han estado presentes siempre, como aquel eco de 1926 donde Irving Kaufman ya cantaba sobre la fluidez de lo masculino y lo femenino. Como creadores y comunicadores, tenemos la responsabilidad de infiltrar estos mensajes en la narrativa colectiva. Debemos usar la indumentaria y el lenguaje para redireccionar la atención hacia la pluralidad. La revolución del género es, quizás, la más importante de nuestro tiempo porque nos atraviesa a todos.

Todos habitamos un cuerpo, todos compartimos el mundo.

Museo de Arte de Zapopan
Junio 2021

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